Juan Pablo II dispuso, que este segundo domingo de Pascua fuera el Domingo de la Divina Misericordia.
San Juan en su primera carta nos dice que Dios es Amor. La forma más excelente en que queda de manifiesto este amor, es el de tener misericordia del pecador, de aquel que cada día se equivoca, que cada día busca saciarse con lo que el mundo le ofrece, buscando su complacencia y su interés.
La palabra misericordia proviene de dos palabras latinas: miser (miseria) y cor (corazón). Tener misericordia es pues, tener la capacidad de sentir lo que sufren los demás, como si el sufrimiento fuera propio.
La mayor manifestación del corazón misericordioso de Dios, la tenemos en Jesucristo, que no fue ajeno a ningún sufrimiento humano. Por nosotros, fue humillado, escarnecido, traicionado, insultado, despreciado, abandonado. Padeció hambre y sed, fue torturado y finalmente sometido a una muerte afrentosa. Quiso que ningún sufrimiento humano le fuera ajeno. Quiso hacer suyos, conocer de primera mano, o sea, experimentar en su propia carne, todo aquello que tú y yo sufrimos en la vida, por estar sometidos a la muerte a causa de nuestras rebeldías, de nuestro rechazo voluntario al amor de Dios.
Por nuestro pecado, por haber dado complacencia a nuestros bajos instintos, por habernos apartado del Amor de Dios viviendo lejos de Él, e incluso haberle manifestado nuestra enemistad, al pedir la vida a ídolos como el dinero, el sexo, etc., somos los seres más miserables, más desdichados de la creación. Fuimos creados para la vida y la alegría, y por nuestro pecado vivimos inmersos en la insatisfacción y en la muerte. Nos sucede como a la bombilla, que habiendo sido fabricada para dar luz, se convierte en un trasto inútil cuando rechaza estar conectada a la corriente. Esa es nuestra realidad apartados del amor de Dios.
Pues bien, en estas circunstancias tan poco halagüeñas, es donde se manifiesta el corazón misericordioso de Dios Padre, un corazón que se da al que, como nosotros, está lejos del Amor. A aquel que manifiesta con sus obras que es enemigo de ese Amor. Unas veces lo hace esperando pacientemente el regreso del Hijo Pródigo, nuestro regreso, a la casa paterna. Otras veces, impaciente como el Buen Pastor, sale en nuestra búsqueda exponiendo su propia vida, para librarnos de las garras de una muerte segura. Este es nuestro Dios. Un Dios, cuya mayor satisfacción reside, en que todos los hombres se salven. Que para nadie sea vana la sangre derramada por su Hijo