
“Culpo de mi celibato sólo y exclusivamente a la educación social que recibí. Tuve mil adoradores, muchos se habrían casado conmigo dándome un nombre aceptable; pero, la sociedad aduladora conmigo, me preocupó la imaginación con su constante repetir: ‘Ana merece cosa mejor’. Y yo creía y desechaba a todos. Quien no oye la voz de su corazón, y se entrega en brazos de extraños para que decidan de su porvenir, merece llegar a lo que yo y no le quedará mas que exclamar: ¡Que torpe fui!”
En 1896, Ana tenía veinticinco años, y ya era una “solterona”. Preocupada por su tragedia, quiso advertir a las demás mujeres y se manifestó en el Periódico de las Señoras, un semanario femenino aparecido en pleno Porfiriato. Pero ¿cuál había sido el pecado de Ana? ¿Dejar escapar a uno de esos “mil adoradores” por el exceso de vanidad que la sociedad habìa promovido? o ¿regir su vida por las percepciones y comentarios de los demás?
Una vez quedada, ¿cuáles eran las opciones de Ana? No podía retrasar el tiempo y debía soportar las burlas de aquella sociedad que un día la había proclamado ‘ejemplo de belleza’: “Ya Ana no se cose de un hervor. Ya es tuna. Por más que se pinte no pasa. Anda alebrestada, busca a quien lazar, pero no halla. Como que no hay paseo, baile, jamaica o reunión cualquiera en que no se le vea siempre depuesta para hacer frente al que ‘le tire el capote.’”
Tal vez, la historia de Ana hubiera sido diferente si unas décadas atrás, hubiera leido un artículo titulado “La mujer” en el Álbum de las Señoritas, revista “progresista” de mediados del siglo XIX, de literatura y variedades dedicada al sexo femenino. Con la lectura del escrito, Ana se hubiera dado cuenta que la sociedad no es buena consejera, y reafirmando la diferencia hombre – mujer, le habrían advertido de los peligros de la belleza: “La mujer, mitad del género humano, debe considerarse bajo dos aspectos: tal como la naturaleza la ha hecho y tal como la hace la sociedad, según la variedad de sus costumbres…
Las diferencias que han establecido entre los sexos deben, si es permitido seguir esta figura, formar su reunión, un todo completo. Cada especie de individuos trae a la asociación las disposiciones particulares de que se debe componer el todo… Pero se ha dejado a las pasiones humanas un vasto campo; la fuerza se ha hecho opresiva, la belleza seductora…
¡Pobre Ana! No se pudo casar gracias a la sociedad constituida en su mayoría por mujeres. Parece mentira, pero siendo la mujer poco más de la mitad del género humano, ¿cómo puede ser ella misma la responsable –en buena medida- de las malformaciones y frustaciones de su sexo? ¿como puede ser su más severa crítica? Y reflexionando en otro sentido: ¿por qué en las culturas latinas ‘gusta’ tanto exponerse al escrutinio público? ¿Se necesita del beneplácito general para vivir tranquilos?
Estas cuestiones –nunca lo suficientemente tratadas- corresponden a la psicología, los estudios de género o la sociología. Mientras tanto, la mujer siempre ha vivido en una sociedad estereotipada y llena de prejuicios. Seguramente de pequeña, Ana leyó una nota aparecida en la Semana de la Señoritas Mejicanas –publicación de 1851- y se quedó con el modelito: “Una señora… lavó y planchó la semana pasada toda la ropa de su familia, y a demás desempeñó las siguientes tareas: preparaba el almuerzo, que ella misma llevaba luego a la mesa antes de la siete; cosía, zurcía y remendaba la ropa de todos; a la una de la tarde tenía preparada y servida la comida; cocía en el honor panecillos, y los pasteles que se habían de servir de postres: salía a la calle a dar un paseo; a las seis tenía la cena lista, y concluida aquella se entretenía con leer algún libro. Si abundasen las mujeres vaciadas en el molde de la ‘heroína’ de esa historia, no andarían tan escasos y solicitados los maridos.”
Es díficil saber si la ‘heroína’ era feliz. Pero el problema, desde luego, no era “ser” o “no ser” ama de casa, sino el molde, el modelo que la moda impone. Años después, a finales del siglo XIX, Beatriz Casas Arango escribió: “Mientras el espíritu de la moda se empeñe en instruir a la mujer antes de educarla, siempre veremos a los maridos representando ante sus consortes el doble papel de esposo y padre… Toda la sabiduría que ha adquirido [la mujer] por medio de su esmeradísima instrucción apenas le bastará para distinguir el bien del mal, y por consiguiente ¿podrá encontrarse entre sus muchos conocimientos alguno que la haya enseñado a amar y practicar el primero y a huir del segundo?”
Voces del pasado se escuchan para expresar congojas y sentires que en mucho aquejan a la mujer moderna. Heroínas, mártires, madres sufridas y abnegadas son estereotipos que paulatinamente se han modificado y proporcionan una idea de lo que significaba ser una dama del siglo XIX. Sin embargo, la tarea de construir un mundo de mujeres más libres y plenas sigue en pie.
¿Buscaba Ana un esposo o un padre? Es probable que ambos. Si este era el caso su duelo fue doble: a los veinticinco años Ana era ya una “solterona” y “huérfana”.
Comentario
Comentario de Luis Arnoldo Rodríguez García el mayo 27, 2010 a las 12:59am 
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Maria Esther le gusta la publicación 'PARA QUE SIRVEN LAS VITAMINAS' compartida por Ligia Castillo Hoyos© 2012 Creado por Ernesto Aparicio.

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